Milei y el desgaste de la ‘anti-casta’: cómo cambió su marca política

Un informe de la consultora Ad Hoc advierte que Javier Milei atraviesa un claro desgaste como producto digital. La etiqueta de “casta”, que fue el corazón de su narrativa de campaña, empezó a volverse en su contra en medio de escándalos y tensión económica.

En política, las etiquetas que ordenan una campaña pueden transformarse en su mayor lastre. El caso de Javier Milei recuerda una máxima clásica de la comunicación política: toda marca que promete ruptura debe sostener resultados, porque de lo contrario el relato se vuelve en su contra.

Un informe de la consultora Ad Hoc advierte precisamente eso: que el Presidente atraviesa un desgaste como producto digital, en un contexto en el que los escándalos de corrupción y las dificultades económicas alteraron el rendimiento de su principal bandera discursiva. El término “casta”, que funcionó como emblema de su irrupción, comenzó a operar como un boomerang y a impactar sobre su propia imagen.

La lectura de fondo es que la narrativa antiestablishment, que durante 2023 le permitió capitalizar hartazgo social, pierde eficacia cuando la gestión ya no puede apoyarse únicamente en la confrontación simbólica. En la historia reciente de la política argentina, ese tipo de construcciones suele tener un ciclo muy intenso: primero concentran atención, luego ordenan lealtades y finalmente quedan sometidas al juicio de la experiencia cotidiana, especialmente en inflación, ingresos y percepción de honestidad pública.

En los últimos años, Milei consolidó su ascenso a partir de una identidad fuertemente digital, con alto impacto en redes y una lógica de antagonismo permanente. Ese formato fue funcional para instalar agenda, amplificar mensajes y convertir su figura en un fenómeno político-cultural. Pero a medida que la gestión se expone a resultados concretos, la épica del outsider enfrenta un umbral más exigente: ya no alcanza con denunciar a los adversarios, también debe responder por la administración del Estado.

Análisis y proyecciones: si el deterioro económico persiste y las sospechas de corrupción continúan ocupando la conversación pública, es probable que el oficialismo deba recalibrar su estrategia comunicacional. En términos políticos, los liderazgos basados en la polarización pueden mantener cohesión en el corto plazo, pero suelen perder eficacia cuando el conflicto deja de ser abstracto y se vuelve cotidiano para la ciudadanía. El principal desafío para Milei será reconvertir su identidad de agitador digital en la de un presidente capaz de mostrar orden, control y resultados verificables.

La evolución del caso muestra un cambio nítido: de la etapa en la que la “casta” sintetizaba frustraciones sociales y potenciaba su novedad, a un escenario en el que esa misma consigna empieza a exigir coherencia interna y credibilidad. La discusión ya no pasa solo por quién encarna el enojo, sino por quién logra traducirlo en gobierno. Ese pasaje, que suele ser decisivo en las experiencias políticas disruptivas, define si la marca se institucionaliza o se erosiona.

En ese sentido, el informe de Ad Hoc funciona como señal de alerta: la potencia digital que impulsó a Milei al centro de la escena ya no garantiza el mismo rendimiento cuando la agenda se llena de costos económicos, tensiones institucionales y ruido sobre la corrupción. Lo que alguna vez fue ventaja competitiva hoy aparece como una vulnerabilidad política.